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Tomado de La Buena Semilla
por María Lozano
A ti he clamado, oh Señor, y de mañana mi oración se presentará delante de ti.
(Salmo 88:13)
Invoqué en mi angustia al Señor, y él me oyó.
(Jonás 2:2)
Yo sabía que siempre me oyes.
(Juan 11:42)
Constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos.
(Romanos 12:12-13)
Ya era tarde y había llegado el momento para Patricio de ir a la cama. El niño abrazó cariñosamente a sus padres y luego volviéndose hacia su abuela, también la besó y le dijo: -Buenas noches abuelita, voy a acostarme. ¿Necesitas algo? –No, hermosura, pero, ¿Por qué me preguntas eso?
-Porque voy a hacer mi oración, fue la respuesta.
¿No es ésta una lección para nosotros? ¿Es así como empezamos y terminamos nuestros días?
Dichosos los abuelos que se benefician de las oraciones de sus nietos, y viceversa. ¡Qué privilegiados son los nietos cuyos nombres son pronunciados de rodillas cada mañana y cada noche por sus padres y abuelos! Por ejemplo, para los jubilados, ¿Hay una actividad que tengan más valor? Muchos de ellos cuidan con esmero su jardín. ¿No merecen las jóvenes almas que tienen a su cargo ser cultivadas días tras día a fin de que lleven fruto para Dios?
A los 80 años de edad, el autor de estas líneas no ha olvidado la corta oración que su mamá le enseñó a pronunciar cada noche al pie de su cama, cuando aún era niño. “Señor Jesús, enséñame a conocerte y a amarte…”.
¡Que así sea Señor!
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