Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
POR FAVOR LEE LA ESCRITURA: MARCOS 4:1-29También dijo: Así es el reino de Dios. Un hombre siembra semilla en la tierra. Día y noche, ya sea que duerma o se levante, la semilla brota y crece, aunque él no sabe cómo. Marcos 4:26-27.
Este es un secreto del reino de Dios, y para mí es una de las parábolas más alentadoras de todas las que Jesús pronunció. Habla de cómo este dominio de Dios se fortalece, cómo crece en una vida. Lo explica como una cosecha que se obtiene con la paciente expectativa de que Dios obrará. La clave de todo este pasaje es que la semilla brota y crece, aunque él no sepa cómo. Es decir, hay fuerzas que obran y que serán fieles en su propósito, independientemente que el agricultor se preocupe o no. Los agricultores hacen lo que pueden, lo que se espera de ellos. Pero entonces Dios debe obrar. Y Dios obrará. Y con esa confianza, este agricultor descansa seguro. Como describe Jesús, este agricultor sale a sembrar. Es un trabajo duro, pero es lo que puede hacer. Luego regresa a casa y se acuesta. No se pasa la noche en vela mordiéndose las uñas, preguntándose si la semilla cayó en el lugar correcto o si echará raíces. Tampoco se levanta al día siguiente para salir a desenterrar la semilla y comprobar si ya ha brotado. Confía en que Dios obra, que participa en este proceso y que debe hacerlo; nadie puede hacerlo por Él. Pero Él lo llevará a cabo fielmente. Así, el agricultor confía en que, a medida que la semilla crece, hay etapas observables: primero el tallo, luego la espiga, y finalmente el grano maduro dentro de ella. Solo cuando el grano está maduro se le llama de nuevo a la acción. Cuando la cosecha está lista, entonces debe actuar una vez más.
Esto es precisamente lo que Pablo describe en 1 Corintios 3:9a: «Porque somos colaboradores de Dios». Así es como debemos esperar que Él obre. Primero implica un testimonio, tal vez una palabra de enseñanza o exhortación a alguien, o a nosotros mismos. Y luego comienza un proceso inevitable, que requiere tiempo y paciencia, y permite que Dios obre. Una de las fuerzas más destructivas que operan en la iglesia hoy es nuestra insistente demanda de resultados instantáneos. Queremos conversiones inmediatas, respuestas inmediatas cada vez que hablamos. Tendemos a no permitir que la Palabra eche raíces, crezca y dé fruto..