Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
La voluntad de Dios es que seáis santificados: que os abstengáis de la inmoralidad sexual; que cada uno de vosotros aprenda a controlar su propio cuerpo de una manera santa y honorable, no con pasiones desenfrenadas como los paganos, que no conocen a Dios. 1 Tesalonicenses 4:3-5.
Mucha gente tiene ideas muy confusas sobre lo que constituye la santificación. Algunos piensan que es una especie de purificación religiosa, una experiencia de limpieza y compromiso que se asume una vez para siempre. Una vez purificados, todo está bien. Otros creen que la santificación es un proceso de extracción. Dios usa una especie de imán para extraer todo el pecado, y a partir de entonces pueden vivir para agradarle. Hay quienes creen que no han pecado en años. Obviamente, nadie les ha dicho la verdad todavía. Una investigación más profunda revelaría cuán equivocados están.
En realidad, la palabra santificación es casi idéntica a la palabra traducida como santidad. Proviene de la misma raíz, que se traduce como integridad. Cuando era joven, la mayoría de la gente asociaba la santidad con ser serio, lúgubre. No me gustaban las personas santas. Parecían haber sido empapadas en líquido de embalsamar, sombrías y aburridas; fruncían el ceño ante cualquier cosa divertida o placentera. Pero eso no es la santidad. Me gusta la palabra inglesa "integridad", que también deriva de la misma raíz. Todos queremos ser personas íntegras. El Antiguo Testamento habla de la belleza de la santidad, del atractivo interior que se manifiesta cuando alguien comienza a funcionar internamente como fue concebido.
Lo segundo que Pablo dice acerca de esa plenitud es que incluye la pureza moral. No puedes ser una persona plena si te entregas a la inmoralidad sexual. Permítanme decirlo claramente: moralidad significa no cometer faltas sexuales. Ni sexo prematrimonial ni extramatrimonial; ni sexo homosexual; ni pornografía. Estas cosas destruyen la plenitud que tanto tú como Dios desean. No hay nada más hermoso que una persona joven que tiene su vida en orden. A veces me ha entristecido ver a hombres y mujeres jóvenes, criados en hogares piadosos, que reflejan belleza moral en sus vidas, pero que comienzan a descuidar sus principios cuando salen al mundo. Obsérvelos uno o dos años después y verán la dureza en sus rostros. Las cosas han comenzado a desviarse. Hay una inclinación descendente en sus vida. Están comenzando a perder la belleza de la plenitud que Dios tiene en mente..