Tomado de: Más Allá del Hecho
Por María Lozano
En 1924, el mundo de Lillian Gilbreth se detuvo. De un día para otro, se quedó viuda, sola y con 11 hijos que alimentar.Pero mientras ella preparaba el funeral de su esposo, el mundo empresarial ya estaba conspirando para deshacerse de ella.
Muchos ejecutivos solo habían tolerado a Lillian porque su esposo, Frank, estaba vivo. Para ellos, una mujer con un doctorado en psicología dándoles consejos sobre ingeniería industrial era "inadmisible". Los clientes empezaron a cancelar contratos. El mensaje era cruel y directo: "Vuelve a casa, este no es tu lugar".
Lo que no sabían era que estaban subestimando a una genio.
Lillian no era solo "la esposa de". Ella era la mente que entendía algo que los hombres ignoraban: no puedes mejorar una fábrica si no entiendes la mente del trabajador. Ella no veía piezas, veía personas.
Cuando las puertas de las fábricas se le cerraron por ser mujer, Lillian hizo un giro brillante que cambió la historia.
"¿Quieren que esté en la cocina? Bien. Entonces seré la dueña de todas las cocinas del mundo".
En los años 20, las cocinas eran trampas de cansancio. Estaban tan mal diseñadas que las mujeres caminaban kilómetros de forma absurda solo para preparar una cena. Lillian aplicó la ingeniería de precisión al hogar. Observó, midió y analizó cada movimiento.
Gracias a su rebeldía, hoy tienes:
El cubo de basura con pedal (para que no uses las manos).
Los estantes en la puerta del refrigerador..



