Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
Lea: 1 Juan 3:19-20En esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él, pues si nuestro corazón nos reprende, mayor que nuestro corazón es Dios. (1 Juan 3:19-20a)
En la frase “si nuestro corazón nos reprende” el apóstol Juan está reconociendo que el problema con el que nos enfrentamos es el de un corazón que condena. Él afirma por medio de esta frase, que esta es una experiencia bastante frecuente y generalmente involuntaria de nuestra parte. ¿Quién de nosotros como cristianos no ha tenido problemas con una mala conciencia o un corazón que nos condena? Hay problemas naturales que nos afectan espiritualmente, pero con demasiada frecuencia este es el resultado de un ataque del maligno a nuestra fe, un esfuerzo por intentar apartarnos de Jesucristo, anulando nuestra efectividad como cristianos, y lamentablemente con mucha frecuencia este ataque tiene éxito.
Tal vez no haya un problema más común que este en la vida cristiana. Hay momentos en que somos sometidos por una conciencia condenatoria y un corazón condenador, por eventos que sucedidos en el pasado y a veces por eventos acaecidos cuando no éramos cristianos. Estos ataques espirituales de los que somos víctimas, por lo general se presentan cuando estamos sumidos en el más intenso estado de ánimo espiritual, y se apodera de nosotros generando frustración emocional y decepción de nosotros mismos.
¿Cuál es el remedio para estos estados? Fíjese usted en lo que dice Juan: “conocemos que somos de la verdad”. Esto es lo esencial: debemos restablecer el importante hecho de nuestra relación con Cristo. Debemos de animarnos a nosotros mismos a creer y asegurarnos que hemos sido verdaderamente justificados por la fe, que nos hallamos ante la presencia de Dios, no gracias a nuestra propia justicia, sino por la justicia del Hijo de Dios, que hace posible que seamos aceptados en el Amado, haciendo que estemos “en Cristo”, porque como nos dice Pablo en Romanos 8: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (v.1). Para silenciar las dudas en nuestros corazones, es preciso que sepamos que “somos de la verdad”.
¿Cómo puede usted lograrlo? Fíjese usted en el argumento del apóstol Juan: “En esto conocemos que somos de la verdad”. Debemos saber que pertenecemos a la verdad a fin de poder asegurar a nuestro corazón cuando nos condena, y ¿cómo conocemos que somos de la verdad? ¡Haciendo esto! Lo que hemos mencionado en el versículo 18: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad”. Solo amamos cuando el amor de Dios habita en nuestro ser por medio del Espíritu Santo. Por medio de estos actos de amor a los demás, aseguraremos en nuestros corazones el conocimiento que estamos en la verdad, porque no son de nuestra naturaleza, sino de la naturaleza de Dios que habita en nosotros. Estos actos de amor entonces fluyen como acciones espontaneas, como una condición dominante en la persona, con la intención concreta de realizar un acto amable, de ayuda, de pronunciar una palabra afectuosa a personas que nos han herido o han sido motivo de disgusto para nosotros. En otras palabras: “Devolved bien por mal”..