Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
POR FAVOR LEE LA ESCRITURA: JOB 18-19Pero yo sé que mi Redentor vive, y que al final se levantará sobre la tierra. Y después de que mi piel sea destruida, aun en mi carne veré a Dios; yo mismo lo veré con mis propios ojos, yo, y no otro. Job 19:25-27ª.
Esta es una de las grandes palabras de fe del Antiguo Testamento, una de las primeras insinuaciones de la resurrección del cuerpo que se encuentran en la Palabra de Dios. Lentamente, a través de la angustia y la tristeza del corazón de este hombre, nacidas de la pasión y el patetismo que siente, surge la comprensión de que Dios está obrando un propósito grandioso y poderoso, y que un día Dios mismo (Job nunca dejó de ver la gran majestad y el poder de Dios) estará visiblemente presente ante la gente. Dios mismo vendrá y vindicará todo lo que ha creado. Esta es una maravillosa mirada hacia el futuro, por fe, a la encarnación del Señor. Job lo llama mi Redentor y mi Vindicador, aquel que me defenderá y vindicará todo lo que me ha sucedido.
Creo que el estudio del libro de Job nos aporta mucho más que la comprensión que la vida es, fundamentalmente, un misterio. Estamos rodeados de misterios. No podemos comprenderlo todo; es un misterio demasiado grande y complejo para que podamos abarcarlo por completo. Los caminos de Dios a menudo nos superan, y sin embargo, Job aprende gradualmente, en medio de su dolor, a confiar en el Dios que está presente, a confiar en que Él encontrará respuestas y que está obrando un propósito acorde con su amor. Eso es lo que la vida nos enseña poco a poco..
El sufrimiento es universal y personal a la vez. Cuando nos enfrentamos a esta realidad, ¿a dónde acudimos en busca de comprensión? ¿Tenemos la sabiduría divina para ayudar a otros en sus momentos de prueba?