Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
POR FAVOR LEE LA ESCRITURA: HEBREOS 9:15-22
Por eso, Cristo es mediador de un nuevo pacto, para que, interviniendo muerte para la remisión de los pecados cometidos bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna. Hebreos 9:15.
No te puedes aprovechar de todo lo que Jesucristo provee para ti en términos de renuncia a una conciencia culpable, a menos que haya una muerte. La voluntad es inútil sin ella. De hecho, dice, la muerte es tan importante que hasta la sombra, la imagen en el Antiguo Testamento, requiere sangre. No la sangre de Jesucristo, sino la sangre de toros y otros animales. La sangre es inevitable.
Esto nos trae al punto: ¿Por qué? Nunca llegaremos a la respuesta hasta no enfrentarnos honestamente con las implicaciones del carácter sustitutivo de la muerte de Jesucristo. Su muerte no fue para Su propio bien; fue para el nuestro. Él era nuestro representante. Esto es lo que Dios tan desesperadamente está intentando expresarnos.
La cruz es la forma que Dios tiene de decir que no hay nada en nosotros que valga la pena salvar, aparte de Cristo. Él nos toma tal y como somos, hombres y mujeres aparte de Cristo, y dice: “No hay nada que puedas hacer por Mí, ni una sola cosa”. Ya que cuando Cristo se volvió lo que nosotros somos, cuando fue hecho pecado por nosotros, Dios pasó sentencia sobre Él y le condenó a muerte. Ésta es la forma de Dios de decirnos: “No hay ni una sola cosa que puedas hacer por tu propio esfuerzo que tenga algún valor”. Todo lo que jamás podemos ser, sin Cristo, es totalmente dejado de lado. La muerte nos elimina; nos aniquila.
Es por esto que nuestra actividad no mejora nuestra relación con Él ni en el grado más mínimo. No nos hace más aceptables. Fíjate lo que hace esto a nuestro orgullo humano. ¿Quién no ha oído a algunos cristianos hablar de tal forma que dan la impresión de que lo mejor que jamás le ha ocurrido a Dios fue el día que les encontró? Pero no le somos indispensables a Dios; Él nos es indispensable a nosotros. Si acabamos en bancarrota para hacer cualquier cosa para Dios, somos entonces capaces de recibirlo todo de Él..