¿CÓMO LEER LA BIBLIA?

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano




Felipe le oyó que leía al profeta Isaías, y
dijo: Pero..¿Entiendes lo que lees? Él dijo:
¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare?


Para todos es primordial leer la Biblia. Pero, ¿Cómo sacar provecho de su lectura? Si usted no conoce la Biblia, que es la misma Palabra de Dios, y desea empezar a leerla, es normal que no comprenda todo en la primera lectura. Es aconsejable empezar con el Nuevo Testamento, la segunda parte de ella. Pídale a Dios que le ilumine por medio de su Espíritu. Pase rápidamente los capítulos que le parezcan difíciles; volverá a leerlos más tarde y los comprenderá a la luz de lo que hasta ahí haya entendido. Profundice en los pasajes sencillos que no necesitan explicación.
Evite rechazar lo que no le parezca lógico o conforme a lo que se le haya enseñado. No ceda a la tentación de inventarse una explicación. Desconfíe de las deducciones apresuradas que ciertas personas o sectas le proponen, pretendiendo que son las únicas admisibles.Los que elaboran tales doctrinas aíslan aquí y allá algunos pasajes bíblicos y los organizan según sus ideas. La Biblia forma una unidad; las partes que la componen se complementan entre sí.
No busque en la Biblia una confirmación de lo que siempre ha pensado; sino busque en ella la Verdad. Si es honesto en su búsqueda y desea sinceramente descubrir lo que Dios quiere decirle, no quedará decepcionado. Desde Génesis hasta Apocalipsis, el gran tema de la Biblia es Jesucristo, el Hijo de Dios. Aquel a quien Dios anunció

LA PACIENCIA DE DIOS

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano





¿Menosprecias las riquezas de su benignidad,
paciencia  y  longanimidad, ignorando que su
benignidad te guía al arrepentimiento?
(Romanos 2:4)

“La paciencia y el tiempo pueden más que la ira y la fuerza”. Esta moraleja de una fábula de la Fontaine anima a tener paciencia y dominio propio, al mismo tiempo que denuncia la inutilidad de la ira y la agresividad ante las dificultades. A veces perdemos la paciencia ante situaciones difíciles, respecto a un niño, a nuestro cónyuge o a un compañero de trabajo… y la situación puede transformarse en conflicto. ¡En ocasiones también ponemos a prueba la paciencia de los demás!
Pero, ¿Hemos pensado en la paciencia de Dios? “El Señor…es paciente para con nosotros”. Todos éramos culpables ante él y estábamos condenados a morir en nuestros pecados. Pero Dios, quien nos ama, desea que “Todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Es una advertencia llena de amor; Dios “ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30).
Arrepentirse es reconocer que formamos parte de los seres  humanos que están bajo el mismo veredicto divino: “No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10). Es aceptar nuestra incapacidad para volvernos justos por nosotros mismos. Es recibir el único medio que Dios nos ofrece: Jesucristo, quien llevó en la cruz el castigo que nuestros pecados merecían. Es creer en él, aceptar ser hecho justo ante Dios, “gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24). No menospreciemos la paciencia de Dios.          

POR MI NOMBRE

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano



Mirándole Jesús, dijo: Tú eres Simón,
hijo de Jonás; tú serás  llamado Cefas
(que quiere decir, Pedro)  Juan 1:42


Si una persona a quien respeto o admiro se acerca a mí y me llama por mi nombre, eso me conmueve debido al interés que me manifiesta de esa manera.
Desde que pertenezco a Cristo soy conocido y amado por él. Jesús conoce bien mi nombre, el que llevo desde el día en que hizo que viniese a este mundo. Él me ama, no por lo que seré, sino tal cual soy, y esto porque la fuente del amor está en él. En un mundo donde la vida humana está cuantificada en términos de productividad o de gastos, mi Salvador me atribuye un valor intrínseco, inmutable, porque está ligado al precio que él mismo pagó por mí.
Sí, el Señor me conoce bien, su grandeza no lo aleja de mí. Sea cual sea mi estado, él se acuerda de mi nombre y de los planes de amor que tiene preparados para mí. En la mañana de su resurrección, lo manifestó de una manera especial a una persona afligida: “Jesús le dijo!” ¡María! (Juan 20:16).
Puede suceder que yo pierda el contacto con él, por ejemplo, porque busqué otra cosa diferente a su comunión. Entonces se acerca a mí, como lo hizo con su discípulo Pedro, y me dice llamándome por mi nombre: ¿Me amas? Si estoy dispuesto a responderle sinceramente, confesando mis errores, volveré a hallar el gozo de su presencia y quizá, bajo la forma de una misión especial (Juan 21:15-17). 

EL ÁRBOL DE LOS PROBLEMAS

Tomado de Renuevo de Plenitud
por María Lozano




 
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja, acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y luego su antiguo camión se negó a arrancar.
Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación.
Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Posteriormente me acompañó hasta mi automóvil. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.
"Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. Luego en la mañana los recojo otra vez.
Lo divertido es, añadió sonriendo, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior.

DAD A CÉSAR LO QUE ES DE CÉSAR

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano



Dad, pues, a César lo que es de César, y
a Dios lo que es de Dios.   (Mateo 22:21)

Pagad a todos lo que debéis: al que tri-
buto, tributo…al que honra, honra.
(Romanos 13:7)

Esta fue la respuesta dada por Jesús a los judíos que vinieron a preguntarle acerca del pago de los impuestos a los romanos, quienes dominaban Israel en aquella época. Jesús los animó a que se sometiesen a esa autoridad, incluso si les costaba. Hoy en día esa frase es un proverbio en nuestro idioma. Es correcto dar a cada uno lo que se le debe, especialmente a las autoridades.
Pero la frase que Jesús dijo tiene una segunda parte: “a Dios lo que es de Dios”.
Quizás nos sintamos orgullosos de ser buenos ciudadanos porque cumplimos con nuestros deberes cívicos y pagamos  puntualmente los impuestos. Pero, ¿hemos pensado en nuestras obligaciones respecto a Dios? Fue él quien creó todas las condiciones necesarias para la vida, es él quien da vida a todo ser humano y lo mantiene con vida. Él da el sol, la lluvia y hace que las cosechas crezcan y maduren. ¿Qué le damos a cambio? Nosotros, pobres criaturas, por lo menos deberíamos dar las gracias a nuestro Creador y comportarnos convenientemente conforme a la magnífica naturaleza en la cual nos desarrollamos.
Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos respecto al favor divino que sobrepasa todos los demás, es decir, el don de su unigénito Hijo, Jesucristo, como Salvador?
Seamos más conscientes de toda la bondad de Dios hacia nosotros y esforcémonos en darle el honor y el agradecimiento que se merece.   

UN EJÉRCITO LIBERADO DE LA SED

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano



Como tú me enviaste al mundo, así yo
los he enviado al mundo.     Juan 17:18

Sí, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra
cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios
1 Corintios 10:31

Hacia el año 160 el emperador romano Marco Aurelio, que estaba en campaña contra los Bárbaros, se halló completamente rodeado por el enemigo. En medio de semejante situación tan desesperada, pues todo abastecimiento de agua era imposible, escribió lo siguiente en su diario: “En el quinto día sin agua me puse a rezar a los dioses de mi pueblo, pero como me ignoraron, convoqué a aquéllos de los nuestros que tienen el nombre de cristianos. Los invité a orar para encontrar una salida”.
Los detalles concernientes a la oración de estos creyentes también fueron anotados.
“Puestos de rodillas, oraron no sólo por mí, sino también por todo el ejército, para que fuésemos liberados de la sed. Mientras se postraban en tierra y oraban a Dios, a un Dios que yo desconozco, llovió a cántaros sobre nosotros y al mismo tiempo un granizo devastador cayó sobre el campo enemigo. Todos reconocieron inmediatamente la intervención de un Dios que responde a las oraciones”.
Impresionado por la respuesta milagrosa, el emperador redactó seguidamente un decreto que aliviaría (sólo por algún tiempo) las persecuciones contra los cristianos.
Creyentes, en un mundo cada vez más enemigo de Cristo, permanezcamos en el lugar que Dios nos da, con buena disposición “para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros”
(1 Pedro 3:15).

MEJOR QUE LA TOLERANCIA

Tomado de la Buena Semilla
por María Lozano



¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis?
Dice el Santo. (Isaías 40:25)

Como son más altos los cielos que la tierra, así son…
mis  pensamientos más que vuestros pensamientos. (Isaías 55:9).

En 1598, en Francia, el rey Enrique lV firmó el Edicto de Nantes. Así estaban echadas las bases de la tolerancia, tan elogiada hoy en día. Pero, ¿Sabe usted que la Palabra de Dios nos propone algo mejor?
La Biblia revela al único Dios, quien invita a cada ser humano a hacer la diferencia entre él y los así llamados dioses. Para conocerle no basta con seguir los preceptos de una religión, mientras se respeta a los demás. No obstante, para estar en relación con él y verle obrar en mi vida tengo que aceptar su revelación.
Dios no tiene ninguna tolerancia para con el pecado, ¡En cambio, perdona a todo aquel que cree en Jesucristo!
Tampoco se puede decir que él tolera a los pecadores. En realidad, él hace mucho más; ¡Los ama! Y si los soporta, es para darles el tiempo de volverse hacia él a fin de que sean salvos.
Dios no nos pide que toleremos el mal. Nos dice que debemos vencer el mal con el bien (Romanos 12:21). Finalmente Dios nos enseña, no a la tolerarnos unos a otros, sino a amarnos como Cristo lo hizo y a hacer con los demás lo que quisiéramos que se haga con nosotros. ¡Qué vasto programa! Éste supera la tolerancia tan preconizada hoy, la que a menudo solo es una culpable indiferencia o una pasiva complicidad.
¿Confiaremos en Dios y aceptaremos tal desafío?             

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