Tomado de: Alfonso De Caro
Por María Lozano
«Los ojos del corazón» es una expresión curiosa, ¿verdad? Los ojos son el instrumento con el que percibimos las cosas. La mente también tiene ojos. Si escuchamos la verdad en cualquier ámbito, los ojos de nuestra mente captan las ideas. Pero el apóstol nos dice aquí que no solo la mente tiene ojos, sino también el corazón. El corazón necesita ver las cosas, necesita captar la verdad y comprenderla. Y en las Escrituras, el corazón siempre se utiliza como sede de nuestras emociones.
¿Recuerdan el episodio de Lucas 24, cuando, camino a Emaús, el Señor resucitado se les aparece a los dos discípulos? El Señor se une a ellos, pero no saben quién es. Camina junto a ellos y les explica todas las Escrituras acerca del Mesías prometido. Después, se dijeron el uno al otro: «¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (v. 32).
Ese ardor del corazón representa la apertura de sus ojos. Es la inflamación del corazón, que lo vivifica y lo conmueve profundamente. Es este ardor del corazón lo que el apóstol desea para estos cristianos. Cuando el corazón comienza a arder con la verdad, cuando echa raíces en ti y simplemente debes responderle, es entonces cuando sabes con certeza que Dios es real, que la esperanza de tu llamado es genuina, que el poder de su presencia está disponible y que las riquezas de su ministerio a través de ti se manifiestan también a los demás.
Recuerdo cuando un joven se convirtió al cristianismo, entró en la iglesia y se casó con una chica que había crecido allí. Al principio, su vida cristiana era admirable. Leía las Escrituras con avidez. Pero al cabo de un tiempo, todo empezó a desvanecerse. Perdió el interés por las Escrituras y dejó de ir a la iglesia. Ya no le interesaba la comunión con otros creyentes.
Naturalmente, su esposa se preocupó. Así que ella y una amiga decidieron orar juntas por su marido todos los días. Decidió no insistirle, pues no quería que fuera a menos que su corazón lo impulsara a hacerlo. Simplemente se propuso orar a diario. Durante un mes o más no pasó nada. Pero ella siguió orando..





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